Lidia Mateluna, volviendo a tomar las tijeras

Toda su vida fue peluquera, oficio que tuvo que abandonar por temas de salud hace unos años. Ya recuperada, una vez más regresó a las andanzas.

Practicando una trenza en lana -en el taller de Peluquería de la Oficina del Adulto Mayor- se encontraba Lidia Mateluna (73), técnica que dice “no llegó  a dominar del todo” en sus años de peluquera, asegurando que “nunca es tarde para aprender”.

            Fue a los 8 años que doña Lidia llega a la capital provincial junto a sus padres y sus dos hermanos. “Mi papá se compró un terreno acá en la comuna,  y un tío compró otro al frente… ¡eso cuando por acá en Puente Alto habían puros fundos! y la gente se atendía en la Casa de Socorro”, recuerda la mujer.

Tras terminar sus estudios en la Escuela Arturo Prat, Lidia comenta que siempre tuvo claro lo que quería hacer con su futuro. “Me gustaba la peluquería. Antes eso sí,  trabajé un tiempo en una tienda, junté mis pesitos y me compré todo lo necesario para empezar. Fue así como abrí mi peluquería, cuando tenía solo 18 años”.

Desde ese momento, la vida de doña Lidia giró en torno a su salón, el que abrió en su mismo hogar, a un costado del inmueble. “Me independicé muy joven, algo arriesgado por esos tiempos. Bauticé mi salón como ‘Maranatta’ (Cristo Viene), trabajando junto a dos peluqueras más. Ya con los años, me casé y tuve 4 hijos, ¿y sabe? de las dos mujeres, ninguna heredó este gusto por la peluquería… Incluso les pagué unos cursos de peluquería, pues yo no les enseñé, ¡y no hubo caso! Ellas son comerciantes ahora, ¡yo creo pasan muchas más  rabias con eso!”, comenta entre risas.

Cuenta que por su salón, en los más de 40 años que éste duró, pasaron tres generaciones de clientes, atendiendo así a padres, hijos y nietos, quienes afirma ya que con el pasar del tiempo,  se convertían en amistades, visitándola con regularidad, creando estrechos lazos.

Como anécdota, señala que en una oportunidad tomó un taxi y el chofer no quiso cobrarle la carrera. “Me dijo: ‘usted me cortaba el pelo de chiquitito cuando iba con mi mamá a la peluquería pues’. Situaciones como ésas, me han pasado varias veces”.

GOLPE DE LA VIDA Y VUELTA A LO QUE SE AMA

Debido a un accidente vascular, doña Lidia tuvo que literalmente “colgar las tijeras” hace unos 8 años, tomando la decisión de cerrar su querido salón. ”Fue algo muy triste, me dolió mucho, pero tuve que hacerlo. Imagínese, ¡era mi vida!”, reflexiona.

Para su felicidad, su salud mejoró en el último tiempo, y tuvo la determinación de retomar la peluquería. Para esto, fue hasta la Oficina de Puente Mayor a inscribirse en el taller correspondiente -que dicta la monitora Fanny Giaverini- en el que se encuentra como alumna desde marzo del presente año.

“Fue algo muy lindo, me volvió el alma al cuerpo”, señala. Eso sí, admite que en estos años que estuvo alejada del oficio, algunas cosas han cambiado. “Los cortes de ahora son más complicados de hacer, como el de los jóvenes. Ahora, ya les he cortado el pelo a algunos adultos mayores, y se van felices. ¡Estoy muy contenta de volver a hacer lo que me gusta!”.

(Nota y fotografía en edición impresa de sábado 17.8.19)