Silvia Tabja y su herencia palestina en la comuna

Su familia, de origen árabe, fue una de las pioneras e impulsoras de la actividad comercial en Puente Alto, allá por la década de los ‘40.

A los 17 años llega a Chile desde su natal Palestina el padre de Silvia Tabja, Elías, arrancando prácticamente de la Primera Guerra Mundial –luego que una bala le pasara por su cabeza- asentándose primeros en el norte de nuestro país, trabajando en la industria textil, para luego dirigir sus pasos al sur, específicamente a Purranque, en donde desarrolló labores en una pulpería.

“Ahí en el sur fue donde nací yo, y cuando tenía como 6 años, mis padres deciden irse a vivir a la capital, llegando a Puente Alto en la década de los 40, ciudad donde echaron raíces. Luego, mi papá se trajo al resto de la familia, mis tíos, abuelos, cuando ya tuvo solvencia económica”, señala doña Silvia.

Sobre lo mismo, agrega: “En la comuna abrió ‘La Fortuna’, un negocio de venta de textiles, y con los años fue el dueño del restaurant “El Parrón”, muy conocido en Puente Alto, que estuvo ubicado en Arturo Prat con Concha y Toro”.

De esta forma fue que desde niña, mientras estudiaba en la Escuela Consolidada, ayudaba a sus padres en el trabajo, ya interiorizándose a temprana edad en este mundo del comercio y las ventas, y a la vez, cuidaba de sus hermanos pequeños. Con orgullo, cuenta que su familia fue una de las que dio impulso económico al Puente Alto de antaño, siendo muy querida y reconocida.

“Hasta los 26 años trabajé con mis padres, en sus locales y negocios, pues luego me casé, y me dediqué a albores de casa y a la crianza de mis cuatro hijas, las que hoy son todas mayores y profesionales, así que muy feliz por ellas. Eso sí, ¡nunca dejé de vender cosas pues”, dice entre risas.

FRUTOS DEL DURO TRABAJO

Así como relata, mientras se dedicaba a la educación y cuidado de sus retoños, doña Silvia continúo con el tema de  venta de textiles y prendas de vestir, esta vez de forma independiente, cursando a la vez un curso de moda infantil y confección.

“Hasta hoy vendo mis cositas. Voy a Santiago y las traigo para acá, en donde tengo varias compradoras, que me conocen de años y saben que lo que les ofrezco es de primera calidad”.

A sus años, se le ve de muy buena salud y radiante “aun puedo bailar, sobre todo danzas árabes pues. Eso yo creo va en la sangre”, señala.

Eso sí, se pone un poco más seria, al comentar que “todo lo que la familia de mis padres logró en su vida,  así como la que formé posteriormente, fue a base de mucho sacrificio, esfuerzo y de un duro trabajo. ¿Sabe? el 2005 me pude al fin dar un gustito, pues me compré una casita en la playa, a la que me arranco de vez en cuando”, concluye.

(Nota y fotografías publicadas en edición impresa de 5.10.19)