Crónica

8 octubre, 2018

Virginia Bravo, la suplementera amiga

Virginia Bravo, la suplementera amiga

Desde hace nueve meses que doña Virginia Bravo vende diarios en al esquina de Eyzaguirre con Nemesio Vicuña, pero en su labor de suplementara lleva ya más de una década, oficio al que llegó tras trabajar para una empresa de microbuses por largo tiempo, la línea 710, de las recordadas micros amarillas, las que recorrían prácticamente todo Santiago.

“Con la llegada del Transantiago, ese trabajo, en el que a los choferes les servía desayuno, almuerzo y once, se terminó. Me quedé sin empleo, y tenía aún niños estudiando. Me dije ‘¿por qué no vendo diarios? ¡No creo sea algo muy difícil pues!’ y bueno, de eso ya llevo como 13 años. En esto se aprende mucho”, subraya.

Anteriormente, la mujer –nacida en Rancagua, quien llegó con 7 años de edad a Puente Alto con su familia por la labor de su padre agricultor- vendía sus diarios en el Líder cercano al metro Las Mercedes. Ahí estuvo bastante tiempo, donde ya la conocía toda la gente del sector: colectiveros, quiosqueros, vendedores ambulantes, etc. el cual tuvo que abandonar por problemas con una locataria, los que afirma “fueron creciendo cada vez más”.

Ella, sin hacerse mayores problemas, optó por cambiar de lugar. “Acá estoy mucho mejor fíjese, tengo sombrita,  mi asiento, y ya me hice la clientela. ¡Y no me voy hasta que venda todos los diarios!”, indica.

La rutina de doña Virginia comienza todos los días muy temprano, a las 6 de la mañana. Tras desayunar, dirige sus pasos a la agencia a retirar los periódicos, los que guarda en su fiel carrito, instalándose en la esquina antes mencionada. El único día que descansa es el domingo, sagrado para ella.

 

¡BIP, BIP!

Doña Virginia recuerda sus trabajos previos, antes de llegar a ser suplementera: “estuve en Hilos Cadena, acá en Puente Alto, en Bianchi, y en empresas textiles en las comunas de Santiago y Providencia, llegando a ser maestra de maquinaria. Ya con la llegada de las ropa americana, telas chinas, que eran más baratas, el negocio textil lamentablemente se fue perdiendo, pues no era rentable”.

Mientras dialoga con PALD, varios autos y microbuses que pasaban por el lugar  le tocaron la bocina en señal de saludo. “Me gusta mucho el contacto con la gente. Acá llegan personas a conversar conmigo, contándome sobre su vida, de sus alegrías y tristezas. Una los aconseja, haciendo de psicóloga  también en cierto modo”, sostiene.

Según comenta, goza de buena salud y estado físico. “Voy a todas las esquinas a entregar los diarios cuando me los piden desde algún vehículo, así que esto me mantiene bien activa. Y bueno, aquí estaré hasta que el de arriba quiera no más. Yo feliz con mi trabajo”.

 

(Nota en edición impresa de sábado 6.10.18)