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11 marzo, 2019

La “busquilla” Rosa Arancibia

La “busquilla” Rosa Arancibia

 

En diferentes trabajos y emprendimientos se ha aventurado en su vida. Cada uno de ellos dice haberle dejado experiencias y recuerdos que atesora con cariño.

 

Desde niña, Rosa Arancibia tuvo habilidades para el trabajo manual. Mayor de 8 hermanos, recuerda que de pequeña acompañaba a su progenitora a las reuniones del Centro de Madres al que asistía en la comuna de San Ramón por aquella época,  a las que iban también sus otros 7 hijos. “Mi mamá parecía gallina con sus pollitos detrás”, dice entre risas doña Rosa.

A los 12 años le llegó fuerte el amor, poniéndose a pololear con quien hasta hoy es su marido. “Mi madre me dijo que no iba a educar a una persona que luego se dedicaría a cambiar pañales… fue fuerte. Me salí del colegio y al tiempo comencé a trabajar”, cuenta la mujer.

Su primer empleo fue atendiendo una panadería, y luego como vendedora en una cristalería, hasta que a los 18 años se casó, se mudó a La Pintana y tuvo a sus dos hijos: tiempos difíciles en un principio,  que como matrimonio lograron afrontar y salir adelante.  “Fíjese que en el inverno me salían lechugas y acelgas debajo de la cama, ¡si el suelo era de tierra!” recuerda.

El tema del tejido, heredado de su madre, nunca lo dejó de lado, realizando encargos y  pedidos de prendas  para diversas personas. Ya con el tiempo, con los hijos más grandes,  se dedicó al rubro de transporte escolar, llevando en un Fiat 600 solo a niñas a sus establecimientos. Cuenta que por esos años era de las pocas mujeres que se dedicaba a este trabajo, por lo que los padres se “peloteaban” sus servicios: tan bien le fue que llegó a tener con el tiempo tres furgones escolares.

Cuando se promulga la ley que exigía a los conductores tener rendido  4º medio para dedicarse al trabajo del transporte, Rosa no se queda de brazos cruzados, terminando su educación media. Asimismo, luego ingresaría a estudiar a la universidad la carrera de Pedagogía en Educación Básica, dedicándose una vez egresada a hacer clases en colegios vulnerables de La Legua y San Ramón. “Fue una muy linda experiencia. Eso sí, me partía el corazón ver y conocer las realidades de los niños…. me conmovió tanto, que mi sueldo lo invertía en ayudarlos. Verlos por ejemplo en invierno, sin una parca, un abrigo, pasando frío, era algo muy triste y duro”, rememora emocionada.

A Puente Ato llega hace 20 años, por casualidades de la vida. “Mi hija se compró una casa acá, y su marido, militar de la Fuerza Aérea, los destinaron al norte del país. Me pidieron si podía cuidar el inmueble por unos dos años… y bueno, ¡de eso han pasado  dos décadas! mi hija ya hizo su vida allá,  y mi otra casita se la dejé a mi otro hijo, que la convirtió en una consulta médica”, explica.

 

VIAJES Y  TEJIDOS

Como se puede ver, doña Rosa ha emprendido en diversos trabajos a lo largo de su vida. Se considera una “busquilla”, en donde cada nuevo empleo y negocio en el que se aventura, le deja vivencias y experiencias, las que ha atesorado en su vida.

Con su esposo, su gran compañero de vida, desde hace años trabajan en conjunto en una pequeña empresa de turismo, bajo el nombre “Cordillera Costa”, en el que ofrecen viajes mayormente fuera de Santiago en su Van, teniendo como clientes frecuentes a clubes de adulto mayor de Puente Alto y a miembros de Iglesias Evangélicas de la comuna.

“Además, tengo mi emprendimiento ‘Ochita Creaciones’, en el que confecciono muñecas, hago telares, tejidos, etc. y también realizo talleres. Yo me las arreglo como puedo. ¡Siempre he dicho que el flojo es el único que se muere de hambre!”, concluye.

 

(Nota en edición impresa de sábado 9.3.19)