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25 marzo, 2019

Teresa Chinga, nunca dándose por vencida

Teresa Chinga, nunca dándose por vencida

 

Hace 63 años que llegó al mundo doña Teresa Chiga Maulén, en la antigua Casa de Socorro (hoy Consultorio Alejandro del Río). Puentealtina de toda una vida, cuenta que por sus venas corres sangre diaguita, de la que se siente orgullosa, heredada de sus abuelos paternos, quienes emigraron del norte del país a la capital, buscando mejores oportunidades, estableciéndose primero en el Cajón del Maipo, para luego radicarse definitivamente en la capital provincial.

Mayor de 6 hermanos, dice que le tocó madurar muy pequeña, pues a sus 7 años  tuvo que comenzar a ayudar a sus padres en el local de abarrotes y verduras que funcionaba en su hogar, ubicado en Sargento Menadier. “Yo llegaba del colegio, me hacía cargo de mis hermanos menores, y ya a los 12 años me dejaban atendiendo el negocio. Todo eso mientras iba al colegio. Estudié en la Consolidada y en el Liceo  Puente Alto, llegando hasta 3º medio”.

Ya con los años, contrajo matrimonio, siendo madre de dos hijos varones, dedicándose esta vez a labores de dueña de casa, mientras su marido era el encargado de llevar el “sustento” al hogar: sin embargo, la mujer se vio en la necesidad de nuevamente volver a laborar para ayudar en la economía familiar. “Además, yo ya estaba acostumbrada desde chiquitita a trabajar,  así que no fue problema”, asegura.

De lo que doña Teresa se enteró sorpresivamente al tiempo, era que sufría una  displasia congénita de cadera, la que se acrecentó al momento de dar a luz a sus dos niños, la que lamentablemente luego se complicó, derivando posteriormente en una artrosis.

“Comencé a tener problemas para caminar, teniendo que movilizarme con la ayuda de un bastón. Fue fuerte… tenía 25 años, y en el colegio había sido jugadora de vóleibol, siempre muy activa, imagínese. Se me vino el mundo encima”, señala apesadumbrada.

 

REINVENCIÓN

Desde ese momento, la vida cambiaría en 180º para doña Teresa, a lo que se sumaría además el hacerse cargo de sus hijos tras la separación con su marido.  Su condición con los años fue empeorando, teniendo que llegar a ocupar una silla de ruedas para desplazarse. Pese a todo, no se dio por vencida, y para sacar a su familia adelante, se decidió a vender ensaladas como comerciante callejera.

“Salí a ganarme los porotos. Estuve en eso un tiempo, pero lo dejé pues tenía que manipular ollas calientes al cocer las verduras, lo que para mí era un riesgo, así que cambie de rubro, vendiendo bolsitos para la colación y mochilas. Gracias a Dios, pues  soy muy creyente, pude hablar por ese tiempo con el  entonces alcalde Ossandón, entregándome un lugar para vender mis productos cerca de la plaza de Puente Alto, junto con un carrito. Desde entonces no he parado. Son ya más de 20 años que llevo como comerciante en la calle, hoy en la esquina de Av. Concha y Toro con Gandarillas. Solo el de arriba sabe hasta cuándo estaré aquí, luchando día a día”, expresa con emoción.

 

(Nota en edición impresa de sábado 23.3.19)